entrada coro s. Cecilia Hojas de música nov. 2004 red

Justo es reconocer que no son las líneas desgranadas en la joven página de nuestra coral las primeras que el coro intentó ofrecer como medio de comunicación a todos. Muchos recordaréis el encomiable esfuerzo con que nuestra antigua compañera Evelyne Morady –que tuvo que regresar a su tierra, Venezuela, por motivos personales- comenzó a publicar unas Hojas de música trimestrales en las que escribían quienes así lo deseaban.
Aprovechando la conmemoración hoy de la festividad de Santa Cecilia, patrona de la música, rescatamos de aquella efímera publicación el siguiente artículo escrito por Julio en 2004:

SANTA CECILIA, PATRONA DE LA MÚSICA

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Es muy probable que la música no necesite de ningún patrón para trocar su ejercicio en una ascensión a ese huidizo cielo en el que ciframos todo nuestro desencanto por esta tierra tan querida como injusta. A juzgar por la idea que pintores y escultores nos legaron, la Gloria ha admitido sin discusión como bagaje exento de aranceles toda suerte de instrumentos musicales y partituras varias. En vano buscaremos en el Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela, en el de la Iglesia de Santo Domingo de Soria, o en el coro de la Basílica de San Lorenzo del Escorial el laboratorio de Arquímides, las pócimas de Galeno, la Biblioteca de Alejandría o la piedra filosofal del alquimista.
En todos ellos, sin embargo, aparecen multitud de instrumentos, miríadas de mártires, vírgenes, confesores y clase de tropa tañendo liras, pulsando laúdes, acariciando violas y tocando clavecines ante un Dios Trino al que, si bien se le niega la sonrisa, no se le oculta la complacencia por el celestial mensaje que le llega.
Entrada coro s. cecilia 220px-Nuremberg_chronicles_f_116v_2El cristianismo, que eliminó como sistema de comunicación con el más allá el humo de los holocaustos y el delirio de las orgías báquicas, mantuvo sin embargo, junto a la oración, la suave armonía que se pierde en los espacios y que llega a trascender al otro lado del misterio.
¿Qué necesidad, pues, de celestial patrón, de intermediario entre la música y la Gloria habrían de tener los músicos? Acudan los médicos a San Cosme, los filósofos a Santo Tomás de Aquino, los científicos a San Alberto Magno y los artesanos a San José y procedan sin mediaciones los músicos al Cielo que habrá de ser el reino de la música.

A pesar de todo, la parda envidia no quiso que los músicos ignoraran el camino de otros gremios: buscaron y encontraron una patrona en Santa Cecilia, una mártir –pretendidamente- del siglo tercero, de tan extendido y antiguo culto como de problemática historia. Ninguna mención a ella en el calendario romano del 359, ninguna referencia en los escritores cristianos antiguos, ningún rastro iconográfico. La leyenda de su martirio, de finales del siglo quinto es un canto descarado e increíble a la virginidad más inoportuna: la de una mujer casada. Emplea toda una innoble –por lo incontrastable- artillería de grueso calibre para conseguir que nuestra santa mártir no se escapara del seguro redil de las vírgenes: la obediencia debida a los padres que la obligan al matrimonio y la intervención oficial en forma de un ángel que se interpone entre ellos la noche de su boda convenciendo de paso al marido para que guarde las debidas distancias. Así queda tan ensalzada la virginidad como denigrado el matrimonio.

¿Y qué tenía todo lo anterior que ver con la música? Pues nada. Pero la liturgia católica, al hacerse eco del susodicho panfleto, decía en una antífona: “Mientras sonaba el órgano, la virgen Cecilia cantaba al Señor dentro de su corazón diciendo: Háganse mi corazón y mi cuerpo inmaculados para que no sea confundida”. Donde la liturgia quería expresar que Cecilia rehuía la alegría festiva de su boda refugiándose en la oración interna, allí vieron los buscapatronos una señal inequívoca de la maestría de nuestra santa en el manejo de un instrumento que incluso habría llegado ella a inventar.

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Es una pena tanto error, como es una pena que, puestos a inventar historias, algún fervoroso cristiano, no menos ciego por la música y el amor que lo fue por la virginidad el descarado perpetrador de la narración del martirio de Santa Cecilia, hubiese abierto la Biblia por el Shir hashirim, el Cantar de los Cantares (cuya traducción al castellano costaría la cárcel a Fray Luis de León en el siglo XVI), y hubiese imaginado una mujer enamorada de su pareja leyendo en el capítulo séptimo los requiebros del esposo:

“Tu talle, la palmera;
tus pechos, sus racimos.
Yo subiré por ella.
Son sus racimos míos.”

cantando luego con embeleso la respuesta de la esposa en el mismo capítulo:

“Yo pertenezco a mi amado
que con ansia me desea.
Ven, ardiente enamorado,
al campo que nos rodea.
Hagamos noche en la aldea.
Por la mañana a la viña
iremos, y a ver las flores
del granado en la campiña.
Y al fuego de mis rubores
te daré allí mis amores.”

O quizás entonando el principio del libro:

“Bésame con los besos de tu boca.
Son más dulces que el vino tus amores,
más suaves que el perfume tus olores…
Cálmame ya este amor que me disloca.”

Pero… dejémonos ya de inventos, de sueños y de digresiones. Quede con lo anterior expuesto nuestro deseo de que la patrona de la música se hubiera parecido más a lo último que a lo que se nos ha legado. De todos modos, sea lo que haya sido realmente esta santa, nosotros hemos de agradecerle el pretexto que hoy nos proporciona para volcarnos en lo que realmente nos entusiasma: LA MÚSICA.

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