El 22 de febrero de 1939, hace hoy exactamente 75 años, moría en Colliure el gran poeta Antonio Machado.

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Nuestra coral, con sabor a poesía en su nombre y con el recuerdo al poeta que alienta nuestro barrio en su calle principal y en el monumento a él dedicado, quiere dejar aquí un recuerdo sincero

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y agradecido a una persona comprometida y a un artista único.

Por eso, utilizando fotos de Antonio Machado tomadas de aquí y allá, recordamos su poema armonizado para coro por Juan Alfonso García, Señor, me cansa la vida, y dejamos una de nuestras grabaciones como fondo de un sencillo montaje.

El mismo compositor, extremeño de nacimiento y granadino por dedicación, cuenta la historia de este poema en una entrevista:

“-Yo saqué del anonimato ese poema de Machado. Con motivo del centenario de su nacimiento, el Coro de la Normal me pidió que escribiera algo sobre algún poema suyo. Soy un gran admirador de Unamuno y estaba leyendo su libro ‘El Cristo’. En ese libro venía la cita de una carta de Machado a Unamuno y en la posdata de la carta, esos versos. Me hermané completamente con Machado en ese poema que escribió cuando estaba sufriendo tanto por la muerte de su esposa Leonor. Compuse la obra muy rápido, en menos de una semana.”

Efectivamente, Leonor murió de tuberculosis a los 18 años en 1912 y Antonio Machado manda su poema a Unamuno en 1913, unos pocos meses después:

I
Señor, me cansa la vida,
tengo la garganta ronca
de gritar sobre los mares,
la voz de la mar me asorda.
Señor, me cansa la vida
y el universo me ahoga.
Señor, me dejaste solo,
solo, con el mar a solas.
II
O tú y yo jugando estamos
al escondite, Señor,
o la voz con que te llamo
es tu voz.
III
Por todas partes te busco
sin encontrarte jamás,
y en todas partes te encuentro
sólo por irte a buscar.

Cuando el poeta muere de neumonía a sus casi 64 años, triste y agotado en un hostal de Colliure a poco de huir allí desde España tras el triunfo de la sublevación franquista, se encuentra en el bolsillo de su gabán este último verso:

“Estos días azules y este sol de la infancia”.

Lo recordamos hoy, junto con retazos de su azarosa vida y de las tres últimas estrofas de su poema Retrato:

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último vïaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Con todo ello, para acabar, nos permitimos la osadía, con más afecto que pretensiones, de dedicarle un sencillo poema escrito hoy como humilde homenaje a quien resume su vida en un nostálgico recuerdo:

Desde el borde final al que al marchar se asoma
quien supo hablar al hombre que siempre iba con él
todo es sencillo y claro: el cielo azul aquél
sobre un sol de la infancia en denso y profundo aroma.

Ni te fue grave, Antonio, la muerte que te doma
ni fue leve tu vida plasmada en un papel
que antaño te fue dulce como hoy se te ha hecho hiel
y te acabó arrastrando con su áspera maroma.

Has cumplido al fin tu palabra prometida:
morir casi desnudo como hijo de la mar,
con las manos vacías, ligero de equipaje

llevando en tu recuerdo la enamorada herida
de aquel frustrado amor casi sin empezar
y un cielo azul y el sol como postrer paisaje.

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