Sin títuloSi lo pensamos bien, quienes formamos parte de un coro como el nuestro, que ha sobrevivido a múltiples circunstancias adversas, incluidas  las que derivan del cansancio del paso implacable del tiempo durante más de treinta años, tenemos la suerte de recurrir a la experiencia para seguir encontrando motivos de satisfacción y de capacidad de aprendizaje.

En efecto, lo mismo que sucede en la vida habitual en que nos desenvolvemos, con su inevitable amalgama de altibajos, en los momentos dedicados al coro, tanto en aprendizaje individual como en ensayos de cuerda y generales, vivimos una serie de acontecimientos no siempre motivadores de entusiasmo pero siempre capaces de suministrarnos fecundas enseñanzas.

Tenemos la suerte de encontrarnos en nuestra actividad coral con personas dotadas de aspectos excelentes y ejemplares fácilmente separables de los inevitables defectos que a todos nos confirman como humanos y no como dioses ni héroes. Pero un encuentro no es fecundo si no somos capaces de frenar el tiempo para mirar sin prisas lo positivo que nos rodea  y extraer sin altanería ni autosuficiencia los aprendizajes que nos hacen crecer en experiencia y madurez al tiempo que nos vamos haciendo inevitablemente mayores.

Quienes hemos visto la simpática película de James L. Brooks, Mejor…imposible recordamos la escena en que el insoportable Sin título 2Melvin Udall (Jack Nicholson) viaja a Baltimore con la servicial Carol Connelly (Helen Hunt) y el marginado Simon Bishop (Greg Kinnear).  Cuando Melvin trata de hundir el protagonismo de Simon con sucias tretas, Carol le da una magnífica lección pidiendo a Simon que no hable hasta que ella haya apartado y parado el coche para poder escucharle prestándole toda su atención. La película acaba dando una gran enseñanza  sobre el triunfo del reconocimiento de los propios errores para conseguir la máxima perfección individual en pro de una mejora de la convivencia.

Y es que la humildad de escuchar es imprescindible antes de tomar el protagonismo de hablar. Esta escucha incluye la virtud de saber practicarla con nosotros mismos para tomar conciencia de los propios errores y tratar de superarlos al tiempo que potenciamos nuestros aspectos positivos.

La aplicación de todo esto al ámbito de un coro, por muy de aficionados que sea éste, hace imprescindible aceptar nuestro papel de elementos de un todo que es el que debe prevalecer en la ejecución de una obra. Nadie debe tomarse, en consecuencia, como ataque personal las observaciones que nuestro jefe de cuerda y, sobre todo, nuestra directora nos pueden hacer. Lo mismo que nuestros oyentes perciben esos momentos de falsas entradas, de indecisiones, de falta de afinación o de deficiente aprendizaje y así nos lo hacen saber tras cualquier actuación, mucho más los mismos compañeros de nuestra cuerda, el jefe de la misma y, más que nadie, la directora pueden darse cuenta de los errores individuales que repercuten inevitablemente en el resultado final. Ningún coro puede hacerlo bien si sus componentes no aceptan que se les indiquen los defectos que, ya en la mayoría de los casos, cada uno sabe perfectamente que tienen. Es imposible mejorar el todo sin aceptar la corrección de lo individualmente corregible.

Nada más por ahora de este tema. Poco nos queda ya para nuestra última actuación antes de un merecido descanso. Ojalá un curso más nos sea un curso mejor. De la buena voluntad de todos depende.

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