El fresco –frío- despertar del día en el Cantábrico lucense incita a mirar a la lejana altura como en búsqueda de aquello que invariablemente sentimos como ausencia cuando la búsqueda es actitud y no hastío ni desengaño. Mirábamos nosotros taladrando las nubes impenetrables hacia un universo estrellado oculto pero siempre presente en el horizonte del indomable peregrino.

Resonaba un verso de Benjamín Prado en la memoria:

…Palabras implacables como el viento que mueve la ropa de una estatua…

Mientras, escribíamos:

Alzo mi mano al cielo en la esperanza
-pues es una esperanza nada más-
de que del cielo me vendrá el auxilio.
A mi lado veo un árbol que ya estaba. 

Pensábamos que con frecuencia la mirada lejana es una huida injusta para con el mundo objeto de la mirada cercana, tantas veces acogedor y desconocido. Un árbol, en efecto, es el símbolo del enlace entre cielo y tierra. Un cielo que es atmósfera terrestre con luz del sol que nos llega tras ocho minutos de viaje y una tierra que es el poso nutricio de cuanta historia y vida nos viene precediendo tras más de cuatro mil millones de años.

Pero, al seguir mirando más cerca, caíamos en la música que había ya pasado por nuestros ojos y bocas aprendices. No sabemos por qué, en ese azar de lo que sobreviene sin pretenderlo, apareció Juan Sebastián Bach en la lontananza más íntima posible. Como un reto irresistible nos volcamos en el recuerdo de los ojos cerrados y el oído atento (escuchad en nuestros archivos sonoros ‘73 Actuación en Soto del Real (6-4-2014)’)

 

Jesus bleibet meine Freude  (Cantata 147)…

Sanctus (Coral BWV 325)

Befiehl du deine Wege (Pasión S. Mateo. nº 44)

 

Y, una vez más, no resistimos el impulso de escuchar a Pau Casals interpretando la segunda Suite para violonchelo de Bach.

 

 

Irresistible. Sobrecogedor. Ni manos ni árboles. Música. Quizás no seamos ni dioses ni ángeles ni héroes, pero somos nada menos que lo que somos: un posible vuelo celeste en alas de la música.

Ojalá nos sea tal descubrimiento patria y hogar hasta el final por encima de tanto inclemente suelo como nos lastra.

 

Cuidaos.

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