Altolaguirre

 

Agosto acaba tan implacable como comenzó. Es tiempo pues de despedidas. Somos grupo versado en el tema como solemos demostrar en todas las ocasiones en que, tras una celebración coSimpsonnjunta con otra coral entonamos el socorrido Adiós con el corazón (lástima que con la marcha definitiva de Alberto no podamos ya entonar a dúo aquella sentida canción La Barca de Oro, que tanto le gustaba). Pero, puestos en el presente que ahora habitamos, nos viene a la mente, más atenta ahora al recuerdo que al olvido, la letra de aquella partitura de José Ignacio Prieto titulada Adiós:

¡Adiós! me dijo llorando,
llorando le dije adiós.
Él se fue tras de sus sueños,
yo me volví a mi canción.
Y el caminito se fue
alargando entre los dos.
Caminito de la vida
donde todos van a dar,
tan llano y florido al ir,
tan áspero al regresar.
Ni él logró sus esperanzas,
ni yo su vuelta logré.
Aprended los que salís;
recelad los que aguardáis.
¡Adiós! me dijo llorando,
llorando le dije adiós.
Él se fue tras de sus sueños,
yo me volví a mi canción.
Y el caminito se fue
alargando entre los dos.

También sentíamos el fin de la bienvenida al verano que cantábamos con los Carmina Burana:

Iam am cedant tristia!
Estas redit,
nunc recedit
Hyemis sevitia.

Dejen las tristezas paso.
El verano vuelve
y amaina
la dureza del invierno.

Iam liquescit
et decrescit
grando, nix et cetera,
bruma fugit,
et iam sugit
Ver estatis ubera;
illi mens est misera,
qui nec vivit,
nec lascivit
sub Estatis dextera.

Se disuelven
y amainan
el granizo, nieve y otros.
La bruma huye
y la primavera mama
de los pechos del verano:
miserable quien
ni vive
ni retoza
bajo la diestra del verano.

Y, con la reciente muerte de Peret también recordamos su Borriquito como tú citado en la Suite Veraniega de José Bernardo Álvarez

Todo principio ha de tener su final. Así que, con envidia de quienes aún siguen de vacaciones o incuso las comienzan, dejamos aquí constancia de la marcha de un agosto que queremos suponer acogedor y relajante para la mayoría de nosotros.

Recopilamos algunos poemas poco pretenciosos que conservamos desde hace tiempo y que se gestaron con parecida sensibilidad a la que hoy queremos hacer sitio:

Nos han amanecido un par de días
con el claro presagio del otoño.
Los he mirado al rostro con firmeza
y de ellos he anotado
su lento y terco acoso de tinieblas
sobre la luz del día
y su discreta siembra de hojas secas
sobre el suelo amarillo del agosto.
El sol se va inclinando hacia septiembre
mientras siento un ligero escalofrío.
Me tapo un poco más y no lo dudo:
lo poco que le queda al corazón
se siente más a gusto en el otoño.

Esta noche la lluvia ha mojado
los umbrales difusos de septiembre.
Va a amanecer
sobre el húmedo rostro del otoño.
Miras en el espejo
ese rostro lejano
de ese único fiel amigo
que contigo soporta, allá del otro lado
la cara inhóspita del alba neblinosa.
Qué hacemos a estas horas
calados de silencio no sabemos.
Quizás estemos esperando
el súbito destello
que alguna vez unió nuestras miradas
en el húmedo aliento del otoño
y nos demos las manos en la bruma
para seguir andando.

No ha sido tuyo el tiempo del verano.
Te agitó con la turbia indiferencia
del viento en la veleta.
Sin embargo, la vuelta a tu trabajo
y el sol amarillento de la tarde
de golpe cercenada
te convencen de que algo se te escapa.
Y con la sensación de haber perdido
algo que no tenías
regresas a otras horas menos tuyas.
Igual el tiempo como siempre,
éste te trae sabor
a una tristeza de la que eres víctima
y que ya no es figura literaria.
Es, sobre todo, una advertencia
de que se acerca el fin de la película.

Y sin embargo la estación es sólo
el ámbito que adorna nuestra senda.
Sigues andando en tanto el sol se achica,
se inclina o se apresura o se enlentece,
se oculta, crece, mengua
o cambia de color al borde de los días.
Lo ves ahora aparecer despacio
y desaparecer cuando aún es pronto
mientras llegan sus rayos sesgados a tu cuerpo.
No queda mucho ya para el otoño
y concentras nostalgias y deseos
en las pasadas flores
y en las próximas uvas o manzanas.
Dejarás que las hojas abandonen
el escueto esqueleto de las ramas
y te harás solidario de lo básico:
tan sólo lo que eres,
recuerdo de verdor, ansia de flores.

Cuando termina agosto desdibujo
el certero perfil de lo sabido
y me refugio en la plenitud
de sus borrosos bordes, de sus etéreas formas.
Tiene el otoño forma de humedad,
de musgos, de aguaceros y de hongos
y con ella dibujo mi paraguas
y el contorno virtual de mi impermeable.
Hay fríos que conforman
la espléndida nostalgia del recuerdo
y la exacta emoción de cada día
mientras ves que el futuro queda abierto.

 

Baste por hoy de despedidas. Mañana intentaremos dar la bienvenida a un nuevo mes.

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