images (1)Podría parecer precipitado el comienzo de temporada de ensayos con una actualización de nuestro tradicional repertorio de villancicos navideños, cuando todavía la estación del año tiene nombre de verano. Pero no podemos aparentar lo que no somos y tenemos  que reconocer que nuestro proceso de aprendizaje requiere una buena dosis de tiempo y paciencia para poder ponernos a la altura interpretativa de la somos capaces y con la que no podemos menos de comprometernos.

Tiempos hubo en los que se suscitaba con frecuencia al llegar esta época el porqué habríamos de ceder a la presión religioso-cultural de la iglesia católica para incurrir en interpretaciones aparentemente destinadas a propagar una doctrina concerniente tan solo al ámbito de las creencias internas de cada uno. Siempre hubo quienes consideraban la interpretación de villancicos como una toma de postura a favor de determinadas sensibilidades que deberían nada más manifestarse en las celebraciones particulares de los creyentes en sus templos.

Pero la verdad es que el paso del tiempo, como el sosiego invernal y el reposo pausado del espectador paciente, nos ha hecho, si no menos beligerantes y comprometidos con las causas justas, sí de mayor comprensión y tolerancia hacia todas las ideas que quizás no compartimos pero que entendemos como algo propio  del ámbito de una mayor riqueza cultural y de la conservación de unas tradiciones que no necesariamente ha de ser alienantes ni malformadoras.

No traicionamos con ello ninguna historia: los villancicos nacieron -en cuanto a espontaneidad, ya que no en cuanto a la presteza que los avances tecnológicos hoy día propician- del mismo modo en que las canciones de moda actualmente se nos imponen, tantas veces debidas a intereses comerciales o a cualquier otro tipo de motivación. El éxito con que determinadas canciones populares profanas se iban imponiendo: madrigales. romances, cantos festivos de celebraciones populares… atrajo la atención de las iglesias cristianas de manera no diferente a como lo hizo recientemente con astuto oportunismo en la liturgia en lengua vernácula tras el latín tradicional que ya se había vuelto incomprensible para casi todos. Los templos demandaban canciones espirituales tan atractivas como las profanas para sus manifestaciones paralitúrgicas (la liturgia oficial casi siempre se mantuvo ligada al latín). De esa manera lo espiritual se empareja en lo atractivo con lo material.

Y así nos encontramos hoy: con una proliferación de villancicos navideños que no pretenden ser estrictamente históricos, sino hacerse eco de una sensibilidad popular poco crítica con lo que realmente pudiera haber sucedido.  Prueba de que ni se trata de hacer historia ni de afirmar ningún dogma es la extensión de esta tradición a países caribeños o sudamericanos en que ni siquiera la navidad sucede en medio del crudo invierno, sino en un caluroso verano en el que no hay más remedio que pasar de los abetos a las palmeras o a pasear sobre campos de bambú en vez de sobre hayedos o paisajes nevados.images

Sobre estas bases nos vamos a enfrentar a un amplio abanico de propuestas que, con muy diversas evocaciones, nos trasladan de Jamaica o Argentina a Portugal, España o Inglaterra. La verdad es que en todas ellas hay un fondo popular nostálgico e ingenuo en donde se aúnan las vivencias infantiles, el calor del hogar, la alegría del regalo compartido y el vuelo hacia una altura limpia que nos libre -siquiera sea en sueños y en alas de la música- de tanto barro como la realidad inclemente nos suministra con usura.

En ello andaremos, pues, ocupados el próximo trimestre. Ya hablamos en la última entrada de un villancico ucraniano y a varios otros nos referiremos en las que seguirán. Después de todo más vale anticipar lo agradable previsible que rumiar lo anterior irrecuperable.

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