frases-tristes-de-despedidasNo andan los tiempos como para presumir de estar sobrados de nada. Pero el hecho de pertenecer a una agrupación coral con casi treinta y tres años de actividad nos confiere el raro privilegio y el pretexto de hacer gala de una buena dosis de constancia y un grado no desdeñable de entusiasmo. Por eso, a pesar del implacable aumento de la densidad de años que vamos acumulando, nos permitimos saludar día a día a nuestra modesta actividad con ojos renovados al mismo tiempo que sabemos elevar también en las despedidas, que, como ley de vida, se van sucediendo en nuestro entorno, las mismas manos que saben saludar en las acogidas.

En efecto, no son pocas las ocasiones en que nos vemos obligados a enfrentarnos a despedidas que no por esperadas resultan menos tristes tal como ya supo decirlo insuperablemente Rainer Maria Rilke:

“…wie hab ich das gefühlt was Abschied heisst”… (¡Cómo he sentido lo que quiere decir despedida!)

Nuestro recurso lenitivo es, como siempre, la música. Por eso, aun siendo como somos un grupo no adscrito como tal a confesión religiosa ninguna, nos sabemos enriquecidos con un considerable repertorio de música de tradición cristiana tanto como poseedor de una altura artística y literaria muy adecuada para revestir lo efímero de eternidad. Ese tipo de música es el que aportamos a los funerales a que somos convocados por quienes hallan en ese contexto un alivio o una aportación de cercanía y consuelo al recuerdo de quienes marcharon lejos desde tan cerca.

Especialmente cercanos nos resultan los casos que afectan a los miembros de nuestra coral. A quienes de ellos exponen su deseo de que aportemos con nuestra música una despedida cálida como intento de llenar en cierto modo el vacío que les queda, les brindamos con nuestra mejor voluntad  un selecto repertorio que insignes músicos escribieron y a cuyo aprendizaje hemos dedicado un notorio esfuerzo.

Cada uno de los afectados elige sus preferencias y eso nos impide aludir aquí a ninguna partitura como fija en nuestro repertorio para estos casos. Pero la verdad es que algunas nos resultan especialmente significativas por haber sido parte de la emoción de su canto espontáneo en momentos que las circunstancias hicieron emocionantes. Tal es el caso del Ave María, de Tomás Luis de Victoria, que tantas veces dejamos en ermitas y acogedoras iglesias durante nuestros viajes como signo de siglos de altura trascendente sobre lo pasajero. O alguna otra Ave María que no por más moderna nos resulta menos significativa: La guaraní, de Ennio Morricone, compuesta para la película La Misión, en la versión amablemente proporcionada por su autor, Sánchez Cuartero, con motivo de la mutua visita Sagunto-Madrid con que nos enriquecimos; la de Rajmáninof, incluida como número sexto de las Vísperas, compuestas a raíz del luctuoso evento de la primera guerra mundial cuyo centenario conmemoramos este año; la de Bruckner, siempre un reto de concentración y sentimiento para todos nosotros. En todas ellas manifestamos con palabras bruñidas por el paso de los siglos –ora pro nobis– la distancia entre la altura a que la humildad alzó a una sencilla muchacha –Maria gratia plena– y la humildad que aún acoge nuestros pasos –nobis   peccatoribus- desde la misma tierra –humus- encerrada en la raíz de la palabra humildad.

También guardamos para estos casos en el tesoro de nuestras partituras los versos latinos del franciscano Iacopone da Todi, del siglo XIII,  musicados por Zoltán Kódaly o Gioachino Rossini:

Stabat Mater dolorosa
Iuxta crucem lacrimosa,
Dum pendebat filius.
Cuius animam gementem
Contristatam et dolentem
Pertransivit gladius.

Fac me cruce custodiri,
Morte Christi praemuniri,
Confoveri gratia.
Quando corpus morietur
Fac ut animae donetur
Paradisi gloria.
Amen.

Traducidos asÍ por Lope de Vega:

La Madre piadosa estaba
junto a la cruz y lloraba
mientras el Hijo pendía.
Cuya alma, triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.

Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén.
Porque, cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
a su eterna gloria. Amén.

La tradición latina acuñó las iniciales S.T.T.L. Sit Tibi Terra Levis, Séate la Tierra Leve, como epitafio para los seres queridos, pero el cristianismo prefirió pasar al R.I.P. Requiescat In Pace, -Descanse en Paz- con el sentido deseo de ese descanso y esa paz que tantas veces las vida nos escatimó. De ella tenemos aprendida en versiones de Gounod y Lloyd Webber el Agnus Dei -Cordero de Dios-, con su dona eis requiem sempiternam –dales el descanso eterno.

También los espirituales negros, desde su íntimo deseo de liberación de la esclavitud que padecían los esclavizados, nos suministran no pocos cantos congruentes con el ansia de eternidad que queremos para nuestros seres queridos:

Soon I will be done with the troubles of the world
Goin’ home to live with God

–Pronto se me terminarán las tribulaciones de este mundo cuando vaya a casa a vivir con Dios.

Lord I want to be a Christian in a my heart.

-Señor, quiero ser cristiano con todo mi corazón.

I want to be ready…

-Quiero estar dispuesto…

Swing low, sweet chariot,
Coming for to carry me home.

_Baja en suave balanceo, dulce carruaje, y ven para llevarme a casa.

Bless the Lord my soul
and bless his holy name.
Bless the Lord, my soul,
he rescues me from death.

Bendice, alma mía, al Señor
y bendice a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
Él me rescata de la muerte.

Y ya para acabar, con el recuerdo que los más veteranos guardamos, desde hace ya muchos años, de nuestra fallecida compañera María Jesús, no olvidamos casi nunca el sentido Dio del cielo, Signore delle cime que Bepi de Marzi compuso en 1958 para su coral I Crodaioli di Arzignano a la memoria del amigo montañero Bepi Bertagnoli, trágicamente desaparecido en una excursión de montaña en 1951 en el Valle del Chiampo, cerca de las Dolomitas:

SIGNORE DELLE CIME

Dio del cielo,
Signore delle cime,
un nostro amico
hai chiesto a la montagna.
Ma ti preghiamo:
Su nel Paradiso
lascialo andare
per le tue montagne.
Santa Maria
signora della neve,
copri col bianco
soffice mantello
il nostro amico, nostro fratello.
Su nel Paradiso
lascialo andare
per le tue montagne

Que quisimos traducir en forzado soneto:

SEÑOR DE LAS CUMBRES

Dios de los cielos, señor de la cumbre,
potente tu voz llamó a nuestro amigo
y su eco terrible, cruel castigo,
le arrastró vertical a alta techumbre.

Lejos por fin ya de esta podredumbre,
permítele, Dios, que arriba contigo,
tenga un monte también, de paz testigo,
para andar y trepar sin pesadumbre.

Santa María, Virgen de la nieve,
tiende albo y suave manto con tu mano,
guarda una montaña de roca leve,

para darla al amigo y al hermano
y deja que tu luz allá lo lleve,
ingrávido, libre del peso humano.

Todo lo anterior se nos hace presente a modo de sentida reflexión, desde el mismo momento en que estamos emplazados para dentro de poco a un funeral en el que, una vez más, acompañaremos a una componente, ya desde hace mucho tiempo, de nuestro coro en la despedida de su madre. Algunos la conocimos en medio del verdor de su Asturias como un sencillo monumento a la entrega, a la tolerancia, a la comprensión, a la generosidad y a la más abierta hospitalidad. A todos vino a escucharnos también alguna vez en sus escasos viajes a Madrid y en nuestra actuación en Luarca. La vida se la fue llevando poco a poco aferrada a sus recuerdos, que poco a poco iba perdiendo, y a sus seres cercanos más queridos que, cada vez más, poco a poco iba ganando.

Sean para ella unas íntimas consideraciones escritas a raíz de su marcha:

Un día de repente el pasado invade
todo el espacio y tiempo disponibles
y el último presente se hace eterno:
cierto futuro al que llamamos muerte.

(Descanse María Luisa en paz por fin
unidas ya por siempre sus cenizas
al suelo, al mar y al aire de su Asturias,
vivo aún en nosotros su recuerdo).

Y este improvisado soneto a modo de virtual epitafio:

Confío el fin de mis cansados huesos
a un mundo que me siga más humano
donde no haya jamás mano sin mano,
ninguna piel sin piel, besos sin besos.
No me acucian los sueños ni embelesos
ni el crudo invierno ni el cálido verano,
pero sí que el futuro sea hermano,
Abel y no Caín de altos sucesos.
Y pues nadie es eterno ni inmortal
quede solo un recuerdo esplendoroso
de un vivir altruista y generoso
constante en su camino hasta el final.
No menosprecie nadie lo vivido;
eterno es siempre lo que antaño ha sido.

Para ella nuestras canciones quieren ser más de esperanza y agradecimiento a toda una vida de entrega. Por eso, tras las notas del Ave verum Corpus de Mozart acabaremos con la bella canción tradicional asturiana armonizada por Eduardo Martínez Torner:

Como la flor2

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