Programa nsv 2013. Escudo coroLa vida no se define por un momento a no ser cuando ese momento resulta cifra de un todo.

Eso pensábamos cuando comenzábamos el funeral de ayer por el descanso eterno de Luis. En efecto, la iglesia abarrotada incluso hasta el espacio de su entrada, venía a ser un claro indicio de que no eran solo los familiares quienes, deudores de lazos de necesaria proximidad, asistían al evento, sino de muchos más que testimoniaban la indiscutible inquietud de nuestro compañero en muchos otras campos compartidos tanto por la profesión como por sus aficiones. Eran la arquitectura y la meteorología al lado de la música y la literatura. Era la dedicación del aficionado enriqueciendo la del profesional.

Los excesivos tiempos en los que se dilató su enfermedad con engañosos altibajos nos dieron la oportunidad de intercambiar detalles que dieran fe de los momentos compartidos. El último de ellos el de la grabación de unas canciones navideñas que le dedicamos mientras estaba sometido a tratamiento en el hospital y a la que él respondió con el agradecimiento de una narración suya que quiso dedicarnos.

Todo eso estaba presente mientras, se alternaban nuestros cantos con las palabras del celebrante:

Quando corpus morietur fac ut animae donetur paradisi gloria.

Bless the Lord my soul. He rescues me from death.

Ora pro nobis nunc et in hora mortis nostrae.

Ewig ist und waltet, sein wird immer dar.

Da pacem Domine in diebus nostris.

A Deo factus est inaestimabile sacramentum.

Lascialo andare per le tue montagne.

 

Seguramente el momento de la interpretación de esta última obra, de Bepi de Marzi, compuesta a raíz del desgraciado accidente de la muerte de un compañero, Dio del cielo, pudiera compendiar esta breve crónica, cuando, respondiendo a la convocatoria de participación de otras corales y otros compañeros que compartieron canto con Luis, se nos unieron una numerosa cantidad de cantantes para interpretarla.

Y, a modo de colofón dentro del oxímoron de su ya silencio sonoro junto al de nuestra sencilla sonoridad silenciosa quede este soneto que nuestro registro interior aún conservaba guardado:

La miraste a los ojos. Ya llegaba,
Fue su inmenso error el anunciarse
a quien no fallaría en enfrentarse
al tétrico sonido de su aldaba.

Ninguna muerte vence si no acaba
la límpida mirada de algún darse
a quien le haya tocado aún quedarse
a esperar otra flecha de su aljaba.

Supimos siempre un fin a nuestros pasos
por mucho que no habláramos de ello.
Quizás fuera el silencio lo más bello:
un agua de ilusión en nuestro vaso.

Tú has pasado ya, Luis, por este vado.
Vuelve a cantar ahora a nuestro lado.

 

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