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Hierve Madrid, incluso a una sombra de 41 grados. Por encima de los mil metros, la sierra madrileña alivia un tanto tamaño agobio y reflexionamos sobre ello como sobre un evento musical.

Uno piensa en si la música, que ha demostrado su  capacidad de descripción en aquellos momentos de la obertura 1812, de Chaikovski, expresando la derrota de las tropas napoleónicas y el subsiguiente jubilo de la victoria rusa con sus doce cañonazos; o bien la escena de Borodín “En las estepas del Asia Central” dibujando el encuentro de dos caravanas; el amanecer de la “Suite del Gran Cañón”, de Grofé; el alboroto del zoco iraní en el “Mercado Persa”, de Ketelbey; el azaroso drama de Peer Gynt, de Grieg, y tantos otros sucesos y escenarios, si la música, repetimos, es capaz de expresar algo acerca del calor veraniego.

Considerando que la música tiene la virtualidad de interactuar con las palabras sobre las que se construye o, también del revés, inspirar palabras que la expresan, inmediatamente vienen a nuestra consideración aquel primer cuarteto del soneto de Vivaldi plasmado en su concierto segundo de las “Cuatro estaciones”, opus 8, RV 293, “El Verano”

Sotto dura Staggion dal Sole accesa
Langue l’ huom, langue ‘l gregge, ed arde il Pino;
Scioglie il Cucco la Voce, e tosto intesa
Canta la Tortorella e ‘l gardelino.

Que tradujimos así hace ya tiempo:

Bajo dura estación del sol ardida
sufren hombres y ovejas y arde el pino;
suelta el cuco su voz y pronto oída
palomas y jilgueros dan su trino.

También recordamos la cancioncilla aprendida de Josquin Des Préz, “El Grillo” en donde se alaba la constancia del diminuto insecto que, mientras los pájaros emigran a lugares más frescos, él se mantiene inasequible al desaliento bajo el sol ardiente:

Quando la maggior el caldo
Alhor canta sol per amore.

(Cuando es mayor el calor
sigue entonces cantando por amor.)

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Por supuesto no se nos olvida el “Divertimento veraniego”, compuesto por J. Bernardo Álvarez como Suite Veraniega que ya hemos interpretado en ocasiones puntuales, pero aquí, más que la virtualidad de la música para evocar o suscitar sensaciones, se trata más de la de la publicidad para promocionar determinados productos hasta dotarlas de un éxito efémero. En estos casos cercanos a nuestra coral, como en cualesquiera otras situaciones. es de rigor hacer alusión a algo nunca suficientemente recalcado, por más que resulte constantemente aludido en todos y cada uno de nuestros ensayos:

¡DECIDLO!

Efectivamente, en esta frase, tan insistentemente pronunciada por nuestra directora, unida a la petición de legatos que eviten el machacón golpeteo de las notas al tiempo que propician ese igualmente solicitado caminar hacia un acento, estriba la diferencia entre soltar notas y decir texto que tan magistralmente sabe resaltar nuestra directora. Es nada más y nada menos que el fraseo.

Quizás sea este el meollo en que radica la más relevante diferencia entre cantar bien o mal. Para corales como la nuestra a quienes sin duda están vedadas novedosas y enrevesadas partituras, con cuasi-profesionales exigencias en cuanto a tesituras y armonías, una meta asequible, y no por ello menos relevante, es expresar cantando el buen gusto y el saber decir lo que debe decirse.

El éxito estaría constituido por que, al cantar, digamos, del calor, un público atento saliera secándose el sudor, igualmente que, al cantar sobre amores o duelos, sintiera, respectivamente, el palpitar de su corazón o la necesidad de sacar un pañuelo para enjugarse las lágrimas.

Algo tan sencillo a la par que difícil de conseguir como lograr lo que hemos querido expresar con nuestro título de hoy

Sentir lo que se dice y viceversa.

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