La vida tiene sus propias leyes a las que es tan inútil como insensato oponerse. Algunas de ellas resultan indiscutibles a pesar de la aversión que nos suscitan. Es el caso de la muerte, cuya aceptación se nos impone so pena de hacer de los vivos una amenazadora bomba de  sobresaturación. Igual es el caso de los recuerdos que, sin el escape del olvido, convertirían al pasado en una suerte de presente de inaceptable peso a los vivientes.

A pesar de todo, los que hemos vivido mucho más de lo que nos resta por vivir nos aferramos a determinados impactos archivados en nuestra memoria y los intentamos comunicar como si de náufragos frágiles se trataran. Quizás sea la elata pretensión de elevar a inmortal lo que fuera únicamente pasajero o de hacer colectivo lo que no debería salir del ámbito de lo personal. Comoquiera que sea, este cronista-relator que aquí escribe cae a veces en la tentación de contar incansablemente las batallitas del abuelo como vía dudosa de aportar acaso a alguien una reflexión o un conocimiento.

Al grano. Ya hace algún tiempo nos referíamos elogiosamente a uno de nuestros inolvidables profesores que nos dejaron un poso de agradecimiento. Se trataba del eminente músico Samuel Rubio, quien aunaba su enseñanza en el Conservatorio de Música de Madrid con la de Maestro de Capilla en el Monasterio de San Lorenzo del Escorial. Los que le conocimos, lejanos ya del sueño de la mitificación de personas que no precisan de ser dioses ni héroes para ser excepcionales, guardamos recuerdos que, sin ser los más importantes, nos dejaron la huella de la admiración y del agradecimiento, como cuando dirigía algunas veces el canto coral durante las celebraciones litúrgicas y, tras la entonación del celebrante y haciendo gala de su infalible oído absoluto, indicaba al organista para que acompañara la respuesta, sin asomo de duda: sí bemol o cualquiera otra nota de entre las posibles.

300px-Organ_pazardjik_pedalboardSin embargo, el hecho al que hoy querríamos acudir viene al hilo de lo que últimamente era objeto de nuestra atención: el Adeste Fideles que forma parte del programa que a partir de hoy cantaremos con motivo de las fiestas navideñas. Lo conservábamos en nuestra memoria distante sin que pudiéramos concretarlo adecuadamente hasta que la precisa e inmensa capacidad de internet nos permitió darle correcta forma. Se trata de la Coral BWV 645 de Juan Sebastián Bach que podemos escuchar en

 

Tras la repetitiva secuencia de notas iniciales aparece la poderosa voz del texto que ya habíamos escuchado en la Cantata BWV 140 (Vedlo con partitura y escuchadlo en alemán desde 14:37 a 18:37):

Wachet auf, ruft uns die Stimme

Wachet auf, ruft uns die Stimme
Der Wächter sehr hoch auf der Zinne,
Wach auf, du Stadt Jerusalem!
Mitternacht heißt diese Stunde;
Sie rufen uns mit hellem Munde:
Wo seid ihr klugen Jungfrauen?
Wohl auf, der Bräutgam kömmt;
Steht auf, die Lampen nehmt!
Alleluja!
Macht euch bereit
Zu der Hochzeit,
Ihr müsset ihm entgegen gehn!
Despertad, nos llama la voz
de los vigías, arriba en la torre;
despierta, tú, ciudad de Jerusalén.
medianoche se llama la hora;
nos llaman con voces brillantes;
dónde estáis, vírgenes sabias?
Sin duda ha llegado el Novio;
levantad, tomad vuestras lámparas,
Aleluya!
Preparaos para la boda,
habéis de encontraros con Él.

El caso es que, mientras tocaba al órgano, volcado en el movimiento de los pies sobre el pedalier y el de ambas manos sobre los teclados, al llegar al recitativo nos dijo con total espontaneidad: Cantad conmigo: Y aquí colocó improvisando la letra del Adeste Fideles.

Nos hemos atrevido a recordarlo por escrito a partir de la partitura tomada de

IMSLP129110-WIMA.fd42-Bach_Choral_BWV645

a la que hemos superpuesto el texto del Adeste tal como lo recordábamos:

Bien. Se trata solo de un recuerdo personal sin mayor importancia.

El dejarlo aquí es más motivo de sentimentalismo que de utilidad.

Lo cantaremos esta tarde a las 20:00 h en la Iglesia del Patrocinio de San José.

Anuncios