facsimilUna antigua tradición ha ligado la canción tradicional escocesa “Auld Lang Syne” con su canto a la amistad a la despedida de un año y a la entrada del siguiente. Como ya hemos hecho en años pasados, nos parece procedente recordar esta hermosa canción en aquel inolvidable concierto de “Voces para la Paz” en que participamos:

y hacer nuestras las palabras de su letra:

¿Debería olvidarse al viejo amigo
y no volver jamás a recordarle?
¿Debería olvidarse al viejo amigo
y a aquellos viejos tiempos?

El tiempo es implacable en su decurso. Su dirección es indiscutible por mucho que novelas y películas se hayan empeñado en viajes por el tiempo. Lo que sí es arbitrario es el troceo en el que dividimos tal decurso. Nos acogemos a él para desearnos un feliz año nuevo. Y aprovechamos la costumbre de las doce uvas para inventarnos otras uvas verbales que puedan degustarse en el breve tiempo de las doce campanadas

Doce libres:

Lo que tengo eso doy. Quede constancia
de que no guardo nada para mí.

Nada tengo que edificar ahora.
Me detengo a contar lo inasequible.

El hueco que otro año hoy nos deja
ha de esperar en vano eternamente.

Apelo al filo y huyo del soporte.
Para embotada me basta mi propia mente.

La memoria es cruel por sus olvidos:
¿Quiénes nos han alzado a nuestra altura? .

Traidores epitelios y endotelios
esculpen a hurtadillas la vejez.

Buscas impulsos para tu emoción.
El silencio lo logra succionando.

Callas. Creías que algo te empujaba
pero era en cambio que algo te atraía.

Corre pareja nuestra inteligencia
a la conciencia de nuestra ignorancia.

Año nuevo, ficción de cuanto espacio
permite todavía conquistarse.

Me indigno ante el silencio de los muertos
que tanto gritaron cuando vivían.

Lo vivido es el mejor paisaje.
Ya inmutable, basta seleccionarlo.

Empezar, acabar. Muñecas rusas
que anidan en el tiempo en que vivimos.

Doce musicales:

Escucho músicas constantemente.
Solo unas pocas no me son ajenas.

Escuchamos la música en silencio,
pero es el silencio el que nos escucha.

Ya no hay recuerdos, fotos solo y notas.
Cada vez cuesta menos el pasado.

No más de cuatro notas se precisan
para vestir de humor la seriedad.

La nota pende del árbol del canto
Como rama de otoño en el silencio.

Cerrar los ojos y pensar que duermes.
Soñar músicas para alzarte en vuelo.

Mozart murió cuando era joven, pero
aun no ha muerto cuando lo escuchamos.

Sinfonía novena de Beethoven.
No me importaría una sordera así.

Un villancico de verdad es prueba
de altura del villano que lo hizo.

Silencios tras las notas son más música.
Como la vida tras de cada sueño.

No soy de los que bailan, pero soy de
los que en cada compás se balancea.

El ritmo que se siente es más fecundo
que el que impone a la fuerza un pentagrama.

Y doce rimadas:

Doce tañidos como doce uvas.
La primera se va al tomar el aire,
la segunda al dar el tono sin arrastres,
la tercera el camino que inauguras,
la cuarta el vuelo que el silencio oculta,
la quinta la palabra que hace frase,
la sexta el sentido con que nace
la séptima el sabor con que al final la apuras,
la octava el sonido hacia delante,
la novena el impacto en quien la escucha,
la décima el impulso hasta la última,
la undécima el posado en un instante,
la duodécima, luz al alma oscura.
Y al fin queda la paz como remate.

Nada más por este año. Séanos el venidero propicio y acogedor en nuestro empeño por seguir cantando juntos.

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