ClausuraQuienes dedicamos parte de nuestro tiempo a ocupaciones no profesionales, a actividades meramente recreativas, a esa marginalidad que nadie nos exige o a la expresión libre de cuanto nosotros mismos nos imponemos sabemos bien de la plenitud de ese compromiso voluntario que con frecuencia nos reconcilia con aspectos de la vida que de lo contrario nos perderíamos.
No. No somos profesionales. No nos ganamos la vida con ello. Y, sin embargo, avaros y conscientes del valor de nuestro tiempo, entendemos que nuestra actividad puede significar a veces una aportación a quienes disfrutan participando en nuestras actuaciones en público.
Sabedores de ello, cuando cantamos en conciertos nos sentimos confortados cuando vemos que el escenario de nuestra actuación está lo más lleno posible de gente que, por un motivo u otro, ha acudido a escucharnos. Resulta desalentador actuar en un local casi vacío y no podemos evitar entre miradas a las partituras y a la directora una furtiva escapada hacia el ambiente de la sala y la expresión de quienes nos escuchan.
A este respecto hemos tenido siempre la seguridad de contar con la presencia incondicional de personas asiduas a nuestros conciertos que colaboran con su atención, su entusiasmo y sus aplausos. Son gente cercana que se van convirtiendo poco a poco en parte activa y fermento de nuestro esfuerzo y concentración.
A esa gente queremos dedicar estas líneas agradecidas porque sin ellos nuestra actividad se vería privada de uno de sus principales soportes. Y no solo por su asistencia sino por el interés y la dedicación con que apoyan nuestra actividad desde el anonimato de su colaboración doméstica y su apoyo amistoso o familiar a los componentes de nuestra coral.
A una de ellas queremos referirnos aquí hoy –quince días pasados ya tras su marcha- muy especialmente por cuanto su definitiva desaparición tras larga enfermedad nos ha dejado un tanto huérfanos de su apoyo y su cariño tanto por su proximidad a todos nosotros en general (solíamos llevarle nuestro canto a su casa cuando ya ella no podía acompañarnos) como a la de su pareja,  veterano componente de nuestra coral en la cuerda de bajos, muy en particular.

Nos permitiremos un par de citas poéticas como recuerdo agradecido a su memoria.

Una de Francisco Brines:

Brines

“Un día no serás, y nunca el mundo
sabrá que pudo ser siempre más bello
con sólo retenerte. Yo soy ese testigo
que canta, sin furor, tanta demencia.
Soy yo quien ha vivido
la desventura de tu muerte. Eso que nadie,
ni tan siquiera tú, sospecha que ha ocurrido.”

Y otra de Mario Benedetti que ya sabe el final de su poema “Pasatiempo” desde hace siete años:

Benedetti

“Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía.
Luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque un océano
la muerte solamente
una palabra.
Ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros.
Ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.”

Sit tibi terra levis. Que te sea leve la tierra, María Luisa.

Siempre nos gustó más este epitafio habitual en las lápidas romanas precristianas que las iniciales R.I.P. o D.E.P. posteriores. Quizás porque sonaba gloriosa en la elegía segunda de Tibulo :

Tibulo

 

“annua constructo serta dabit tumulo
et bene discedens dicet placideque quiescas,
terraque securae sit super ossa levis.»

que traducía así rítmicamente Casasús en 1905:

Casasús

“Una guimalda anual amante ofrezca
Y al marcharse le diga: En paz reposa,
La tierra leve a tus cenizas sea.”

Sabemos que desde la distancia fiel del recuerdo imborrable nos seguirán llegando sus aplausos y su aliento.

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