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Los jóvenes de hoy quizás no sepan nada de tinteros. Se lo puede explicar ahora uno cuyo corazón latía con orgullo cada vez que el turno le erigía en encargado de llenarlos en el colegio.

En efecto: Usando la tinta meticulosamente elaborada con agua y polvos adecuados, dicho encargado subía a clase un poco antes que los otros y escanciaba cuidadosamente tan preciado elemento en los pocillos de porcelana de que estaban provistos los pupitres. Los alumnos, una vez tomada posesión de sus asientos en ellos, usábamos plumillas ajustadas a sus mangos para hacer imborrables nuestros trabajos escritos.

Pues bien, a un humilde servidor se le iba quedando prolongadamente en el tintero una reflexión referente al funcionamiento de cualesquiera grupos sujetos a reuniones periódicas, incluidas las de los ensayos del coro. Se trata del eterno tema de la puntualidad.

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Quien esto escribe puede enarbolar –sin orgullo, ya que es más constitucional que meritoriamente adquirido- el estandarte de dicha puntualidad, algo propio también de quienes gustan de correr al principio para dejar al final el ocio y el descanso. Ni que decir tiene que por ello no en vano es el encargado de abrir el local de nuestros ensayos gozando así de la privilegiada perspectiva de observar el lento goteo de asistentes hasta que el ensayo puede empezarse sin riesgo de continuas interrupciones.

A este respecto de la puntualidad nos vienen a la mente tres instantáneas. Una, la de la vergüenza ajena de ciertas reuniones en ambientes internacionales, convocadas con sorna a una “hora con horario europeo y no español” ; una segunda, teñida de la aversión a la manida frase de los “cinco minutos de cortesía” para con quienes carecen de la mínima cortesía de no hacer esperar a los puntuales, y, finalmente, otra referida a un antiguo compañero íntimamente ofendido cuando se le achacaba el baldón manifiesto y constatable de llegar siempre el último: “No soy el último” –argüía- “es que espero a que llegue el último para entrar a continuación. Así el que retrasa es el anterior y nunca yo”.

Llegados aquí, y dada tan prolija como extensa introducción, no nos cabe otra que dejar para una entrada posterior la exposición sagaz e incisiva del  tema que nos ocupa. Barrocos y enrevesados como somos, entendemos que ello es muestra de concesión al alivio de los posibles lectores que constantemente nos honran con su amable y paciente lectura.

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