Son numerosas las anécdotas que este humilde cronista de las andanzas de nuestra coral ha retenido con respecto al apasionante mundo de los idiomas. De entre ellas puede resaltar, por su antigüedad, la referente a la ya veterana Plaza de Santa Bárbara (de cuando, en los años cincuenta del pasado siglo, la madrileña Plaza de las Salesas bullía de niños gozosos de sus juegos, ajenos a la cercanía de la iglesia de Santa Bárbara y del Palacio de Justicia del Tribunal Supremo): por allí solían pasar los alumnos del Liceo Francés que, cuando nos metíamos con ellos, se ponían a hablar en francés y nunca sabíamos si estaban metiéndose o no con nosotros.

 

Y es que los idiomas son como las banderas:  surgen con los bandos y los bandos surgen cuando aparece otro bando. Ejemplo (real): en una excursión del Colegio A aparece el Colegio B y uno de B insulta a uno de A. Los de A, incluso lo que jamás se hablaron entre ellos, la emprenden a pedradas con los de B.

Otro ejemplo antiguo (real también): En un pueblecito del pirineo leridano un grupo de clientes charla en su idioma catalán nativo con toda naturalidad. Como en las películas del oeste entra un grupo de nativos castellanos y vociferan desconsideradamente al camarero: “Se terminó el hablar catalán. Ahora se habla castellano”. El camarero, con el aplauso de los asistentes locales, les dice: “Pues ahora se me ha olvidado el castellano y, o me habláis en catalán u os marcháis por donde habéis entrado”.

Quizás todo esto venga de querer someter a quienes son diferentes o tienen algo que nosotros no tenemos. O quizás sea debido a que un grupo peculiar no puede jactarse de su peculiaridad e intenta humillar con ello a los otros. Es probable que por ello haya sido objetivo primordial de los vencedores imponer su idioma a los vencidos y haya sido ferviente protesta de estos ante los invasores el hablar su idioma todo lo posible.

Quienes hemos tenido desde pequeños una especial sensibilidad ante el valioso monumento de historia y de arte que supone cualquier idioma, desde ver la emoción de un irlandés al recitarle un fragmento de un poema en su gaélico natal o la sorpresa de un holandés al decirle algo en neerlandés hasta sentir la rabia de tener que escuchar, mientras intentaba entender costosamente unos versos de Gabriel Aresti en euskera, que era un estupidez aprender un idioma que sólo servía para hablar con los perros, hemos pasado por muchas situaciones de tensión discutiendo sobre idiomas.

Es muy probable que no exista mejor medio de hermanarse con otros que aprender a comunicarse con ellos en su idioma o, en su defecto, apoyarlo y defenderlo con el respeto que merecen la historia, el arte y la cultura de todos los pueblos.

No es extraño que el mito bíblico del origen de la incomprensión y el odio de unos pueblos para con otros haya aparecido con los diversos idiomas en la torre de Babel o que la unidad profunda entre pueblos cristianos se haya originado, según cuenta Lucas en su narración de Pentecostés, por que gentes de todo el mundo se entendiera hablando cada uno en su idioma.

Mucho tendrá que llover para que los poseedores de idiomas mayoritarios aprendan a respetar y aceptar el idioma de las minorías y para que estos no utilicen su idioma para rebelarse.

Todo lo anterior tiene que ver con el hecho de que en nuestra coral, como en la mayoría de las corales, incorporamos numerosas canciones que incluyen idiomas ajenos al castellano utilizado normalmente entre nosotros. Especialmente viene esto a cuento de las partituras seleccionadas  para los conciertos incluidos en nuestro inminente viaje a Orense, aprovechando el próximo puente. Entre ellas hay varias en lengua gallega que interpretamos con la más esforzada exactitud de pronunciación como signo de acercamiento hacia un público que mayoritariamente se expresa en dicho idioma. Somos conscientes tanto del valor literario del poema de Rosalía de Castro, Negra sombra, como del popular de otras como Catro vellos mariñeiros u O voso galo, comadre. No en vano sabemos que, tras la evolución del latín hablado en nuestra península, las variantes de Galicia y del gallego-portugués constituyen las primeras manifestaciones escritas que conservamos de nuestro actual idioma oficial.

El día que todo comprendamos y aceptemos que todos los idiomas son el mayor monumento histórico y artístico de que disponemos estaremos cerca de alcanzar la meta de la hermandad universal a que aspiramos.

 

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