Una gran ventaja de las agrupaciones no profesionales es que nos podemos permitir el lujo de medir nuestros éxitos o fracasos por resultados no tangibles ni económicamente evaluables.

De acuerdo con esta convicción podemos reflexionar sucintamente sobre algunos aspectos de nuestro viaje que hemos constatado como íntimamente sentidos y difusamente explicitados sin nítidos contornos. Nos referimos a esa etérea sensación que deja como poso la placidez de ánimo y la satisfacción de un tiempo gratamente aprovechado.

Como fondo inalterable presente en todos nuestros viajes es de rigor hacer justicia a la precisa y minuciosa –tantas veces callada- labor de quienes conciertan y aquilatan las informaciones previas, el transporte y conductor, las paradas, los horarios, los alojamientos, los restaurantes, los o las guías de cada visita y los contactos imprescindibles para el buen resultado de todo el proceso, tanto más efectivo cuanto menos notorio.

A lo largo de todo ese callado proceso surgen sucesos o incidencias eventuales que dan color a la precisión de lo previsto. Anotemos aquí las gratas sorpresas que nos han deparado los escenarios de nuestras actuaciones, aunando la belleza artística enriquecedora con la sonoridad impactante y acogedora de nuestras voces. Añadamos el espontáneo e impresionante calor de un pueblo tan efusivo y acogedor como el gallego para el que no podemos explicitar más que un infinito agradecimiento por su disposición siempre favorable a nuestras necesidades de comunicación e información.

Hablar de la amplitud y extensión de sus excelentes comidas y de quienes nos las servían, siempre dispuestos a responder con sonrisas condescendientes y comprensivas, nunca serviles, a los inevitables caprichos, cambios, errores u olvidos inevitables en todo colectivo viajero como el nuestro, resulta tan ocioso como corto e incompleto. Al margen de la peculiaridad inabarcable de los gustos de los que, ya es sabido, no hay nada escrito, la valoración general no puede ser sino excelente al decir de la inmensa mayoría de quienes disfrutamos de tan buena gastronomía.

Capítulo aparte merecen  los encuentros con personas para las que el apelativo de acogedoras queda flagrantemente estrecho. En el fondo de la inevitable propensión de la bien arraigada prevención de los españoles contra las tantas veces denostadas manifestaciones de rancio catolicismo de la estructura eclesiástica oficial católica, queda patente también no pocas veces la predisposición adversa  a muchos representantes de las parroquias, catedrales o monasterios que acogen nuestras actuaciones. Sin embargo, en este caso nuestro, la impresión unánime con respecto a los dos sacerdotes que nos acogieron y acompañaron el segundo día de nuestra actuación, no puede ser sino inmejorablemente elogiosa. Y no se trata solo de un cumplido obligado a quien cumple con lo comprometido sino de quien manifiesta el inocultable fondo de bondad característico de las buenas personas. Es plaga nefasta de nuestro tiempo, siempre propenso a la publicidad de lo escandaloso sobre la sencillez de lo no noticiable, el resaltar corrupciones, injusticias, abusos y desastres en vez de dejar siempre claro que la excepción nunca oculta la justa y bienhechora placidez de la gente normal.

Quede aquí nuestro sincerísimo agradecimiento, pues, además de a nuestros dos acompañantes, amigos de Visi, durante la totalidad de nuestra estancia a estos dos cultísimos  y humanísimos sacerdotes, últimamente aludidos que consiguieron, además de informarnos exhaustivamente, emocionarnos con su impagable cercanía y su sincera vivencia de cuanto nos explicaron.

Al lado de esta realidad, la otra, inevitable, de nuestros olvidos de las sabias indicaciones de nuestra directora, amén de nuestras ya sabidas imperfecciones, resultan anecdóticas.

En resumen, todo es éxito cuando todo lo que nos rodea y anima es tan propicio como en este viaje lo ha sido.

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