La reflexión es siempre un sano ejercicio mental, pero lo es, sobre todo, para quienes pretendemos no pasar superficialmente por una vida que sabemos única e irrepetible. Y es en ese paso meditado donde nos detenemos sobre algunos aspectos que estimamos útiles para sentirnos acogidos en un posible futuro de visita a tiempos acaso acogedores.

Aquí, naturalmente, nos referimos a ese aspecto que nos caracteriza como participantes de una actividad músico-coral en la que invertimos no poco tiempo durante el resto del año. Cuando nos fijamos en el repertorio al que con más frecuencia recurrimos, no nos resulta novedoso ver que -quizás por el tipo de ocasiones brindadas por las convocatorias que se nos presentan- lo más frecuente es el recurso al repertorio litúrgico religioso tan nutrido en el conjunto de nuestras partituras.

Igualmente casi numerosas son las partituras de temas folclóricos españoles y universales que con asiduidad han sido objeto de composiciones memorables asequibles a nuestra capacidad de aprendizaje.

Por todo lo anterior resulta hasta cierto punto novedoso el enfrentarnos de nuevo a un conjunto de partituras peculiares como las que ocuparán en breve nuestra atención: la del grupo de cantos seleccionados al azar por Karl Orff en 1937 para la obra musical compuesta sobre ellos y que denominó Carmina Burana. Tomó los textos de los manuscritos hallados el siglo XIX en la abadía benedictina Benediktbeuren que reproducían poemas de monjes y juglares de la época sobre temas tan profanos, anticlericales y jocosos como el vino, el buen comer, los placeres y el amor. Dichos poemas son conocidos como propios de Goliardos, clérigos y estudiantes medievales poco asentados y a los que alude etimológicamente Wikipedia asÍ

“La derivación de este término es incierta. Podría provenir del francés antiguo gouliard, «clérigo que llevaba vida irregular», a su vez alteración del bajo latín gens Goliae, propiamente «gente de Golias» y por extensión «gente del demonio», alusivo al “obispo Golias”, un santo patrón, probablemente mítico, al que ellos mismos hacían referencia, que probablemente no sería más que una latinización del nombre del gigante Goliat, «el demonio»,2​ nombre que se darían a sí mismos para hacer valer su posición de estudiantes cultivados y grandes bebedores, con el que satirizaban a las autoridades eclesiásticas y políticas. O bien, podría remontarse a una carta escrita por san Bernardo de Claraval al papa Inocencio II, en la que se refería a Pedro Abelardo como ‘Goliath’, creando así un vínculo entre el gigante y los estudiantes seguidores de Abelardo. Otras teorías sostienen que el nombre procede del latín gula («goloso»), por su insaciable apetito o glotonería, o lo hacen derivar del francés antiguo gailliard (“compañero alegre”).”

No desperdiciaremos, pues, la oportunidad de incidir en los veintisiete poemas de que constan los Carmina Burana recogidos por Orff y en cuya interpretación colaboraremos en octubre.

Quizás no sea mala manera de comenzar estas reflexiones con la consideración del dibujo original del manuscrito en donde se representa la diosa Fortuna y su rueda como emperatriz del mundo, que reinó, reina y reinará sobre todo el decurso de la historia.

Una visión así de la vida y de la historia viene a chocar con el discurso religioso-teológico oficial en el que existe un plan original divino donde todo tiene su propósito y su sentido, pero que ha sido alterado por una rebelión humana original enfrentada a un mundo perfecto. No se trata ya de una humanidad que camina hacia su perfección individual y global según un designio divino, sino de una rueda regida por el azar en el que en su giro todo viene a pasar de abajo arriba por un inevitable e interminable curso de crecimiento y ruina, de vida y muerte, de triunfo y fracaso.

Pasaremos, pues, en sucesivas entradas sobre todos los capítulos que conforman las partituras recogidas en la obra.

 

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