“Mientras miramos a la muerte atenta

que guarda nuestra más honda mirada

sin tener prisa alguna por mirarnos

porque posee la última palabra,

combinamos temores y distancias

en el fin que aceptamos como cierto

a cambio del disfrute de la vida.”

Quizás haya sido una coincidencia expresar lo anterior cuando leíamos el poema de Gabriel Celaya a Blas de Otero diciendo:

“Nuestra pena es tan vieja que quizá no sea humana:

ese mugido triste del mar abandonado,

ese temblor insomne de un follaje indistinto,

las montañas convulsas, el éter luminoso,

un ave que se ha vuelto invisible en el viento,

viven, dicen y sufren en nuestra propia carne.”

Y quizás, también, ambos poemas nos hayan sido evocados por nuestra participación coral en la celebración de ayer de la misa en memoria del hermano de nuestras compañeras Mari Carmen y Paula.

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No en vano nuestra ya dilatada actividad coral de ya casi cuarenta años nos ha proporcionado no pocas ocasiones de encuentros con fallecimientos tanto de miembros nuestros como de cercanos a nosotros. En todos esos casos hemos tenido un sentimiento musical que aportar al dolor inevitable de la separación definitiva. Por ello, también ayer, casi de modo improvisado volvimos a sacar nuestras partituras más conformes a estas situaciones para cantarlas como cercano sentimiento a las que han pasado últimamente por este trance:

Stabat mater, Bless the Lord, AveMaria, Heilig, Da pacem Domine, Ave Verum y Signore delle cime.

De pie permanecía la madre doliente, Bendiga el Señor mi alma, Salve María llena de gracia, Santo es el Señor, Concédenos Señor la paz, Ave cuerpo verdadero, Señor de las cumbres.

Versos y notas como expresión solidaria con el dolor inevitable de las despedidas definitivas.

Quede aquí una vez más una fugaz reseña de otra sentida actuación musical como sincero acompañamiento a nuestras cercanas compañeras.